“No sé qué tiene su hijo, pero no me preocupa”

En la consulta de pediatría es muy frecuente encontrarnos ante situaciones en las que no tenemos una explicación definitiva y concluyente para un síntoma o un conjunto de síntomas. pediatrician-293nm-072110

Esto puede desconcertar y preocupar a los padres, pues ante la incertidumbre de no saber qué es exactamente lo que le pasa a su hijo y por qué, y cómo va a evolucionar el caso, es comprensible que surja en ellos una sensación de nerviosismo e intranquilidad.

La labor del pediatra en estos casos es la de valorar los síntomas referidos por los niños o sus padres, conocer los antecedentes y posibles factores de riesgo del niño y realizar una exploración física detallada. Con estos datos, y fundamentando las conclusiones en sus conocimientos y experiencia profesionales, decidirá si se puede hacer un diagnóstico de certeza e indicar un tratamiento específico, en caso de haberlo, o si lo más conveniente para el niño es la realización de pruebas complementarias o consultas a especialistas que clarifiquen el cuadro.

Sin embargo, lo más habitual es que el pediatra no haga ni una cosa ni otra. Es poco frecuente que el pediatra de atención primaria recurra a pruebas o consultas en el hospital para confirmar una sospecha diagnóstica o buscar un diagnóstico al que no ha podido llegar con los medios a su alcance en la consulta. A la vez, sorprendentemente, informará a los padres de que a pesar de no tener la certeza de lo que tiene su hijo lo mejor es esperar y no hacer nada, salvo lo necesario para aliviar los síntomas y el malestar. Es por esto que los pediatras pocas veces emitimos un diagnóstico de certeza y solemos hablar de posibilidades con términos como “lo más probable es que sea…”, “el cuadro es compatible con…”, “posiblemente sea un virus…”, o “lo normal es que se le pase solo en poco tiempo”.

Y es que, afortunadamente, la mayor parte de los problemas de salud que tienen los niños de nuestro entorno, que han seguido un programa de control sanitario exhaustivo desde incluso antes de nacer, y que han recibido las vacunaciones recomendadas, son banales y se resuelven de forma espontánea con el tiempo.

El pediatra sabe muy bien cuándo no debe esperar a ver la evolución natural del proceso y qué datos y situaciones le hacen pensar que el cuadro que presenta el niño, aún sin tener la certeza diagnóstica, puede corresponder a una enfermedad grave, o si el no intervenir a tiempo buscando un diagnóstico correcto  o un tratamiento precoz, puede implicar una evolución desfavorable o tener consecuencias perjudiciales para el niño.

El pediatra decide siempre lo que considera que es mejor para el niño. Si esto pasa por pruebas y consultas con especialistas lo hará inmediatamente. Pero la mayoría de las veces lo mejor para el niño es no someterle a análisis y sufrimientos innecesarios, dado que la evolución habitual de la mayoría de estos procesos es que se resuelvan solos de forma natural. Además, hay que considerar el trastorno que supone a las familias el entrar en el circuito de análisis, pruebas, consultas, viajes al hospital etc., si no se espera un claro beneficio para el niño de todo ello. Por no hablar del gasto superfluo que esto conlleva para el sistema sanitario y para las propias familias (ausencias en los trabajos, transportes…).

A veces no es fácil la espera ante un niño que presenta síntomas molestos como fiebre, dolor o vómitos, y los padres se agobian ante la sensación de no estar haciendo lo suficiente o la posibilidad de que se les esté pasando desapercibido, a ellos o al pediatra, algo importante. O esta espera se hace muy larga ante situaciones en las que la resolución del problema no va a ocurrir en un espacio corto de tiempo, como la adquisición de algunos aspectos del desarrollo psicomotor o del lenguaje, dolor abdominal recurrente, o un simple acné en un adolescente.

Sin embargo la vida diaria consiste en gran parte en esperar. Los ciclos naturales llevan su tiempo, a la mayoría de los acontecimientos no se les puede meter prisa. Por otro lado, en esta vida no tenemos la seguridad prácticamente de nada. Cuando salimos de casa no sabemos si al volver nos encontraremos con que han entrado a robar, cuando iniciamos un viaje en automóvil no sabemos si llegaremos a nuestro destino a la hora prevista por un atasco o una avería, ni siquiera si llegaremos, cuando se va nuestro hijo al colegio o a una excursión no sabemos si nos llamarán porque ha tenido un accidente.

Tenemos que aprender a vivir con la incertidumbre concreta del día a día, aparte de con la existencial más profunda. La crianza de los hijos es, como el vivir, correr un riesgo continuo, pero a la vez es apasionante y maravilloso. Nadie nos puede asegurar nada, ni la salud, ni el bienestar ni la felicidad.

Pero no por ello debemos dejar de hacer todo lo posible por alcanzar estas metas, de poner todo nuestro empeño para no dejar al azar lo que se puede controlar, sabiendo que no todo es controlable. Aprendiendo a vivir de manera alegre y confiada el reto de convivir con la incertidumbre de no poder tener todo controlado, de no saber cómo se va resolver la enfermedad de un hijo o cualquier otro tema.

Así podremos disfrutar de ver crecer a nuestros hijos sin la angustia de no saber a ciencia cierta qué va a pasar con ese problema de salud de nuestro hijo, o con su vida en el futuro.

Así que no hay que alarmarse, más bien todo lo contrario, cuando oiga a su pediatra decir:

“No sé qué tiene su hijo, pero no me preocupa”

Entrada publicada por Juan José Jiménez García

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2 respuestas a “No sé qué tiene su hijo, pero no me preocupa”

  1. Angel dijo:

    Excelente descripción de algo complejo pero muy real. Enhorabuena.

  2. Carmen dijo:

    Muy bueno y muy cierto el contenido del artículo.
    Enhorabuena a los pediatras del Centro de Salud de García Noblejas por el blog, por su esfuerzo y dedicación.

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